Dicen que los gatos tienen siete vidas.
Hoy vamos a hablar de uno , Herr Oscar , que, como mínimo, tenía cuatro.
En 1941 el acorazado Bismarck, orgullo de la armada alemana, y posiblemente uno de los navíos más famosos de la historia, se hundía tras el ataque combinado de los acorazados HMS Rodney y HMS King George V, con el apoyo de los cruceros pesados HMS Dorsetshire, HMS Norfolk y HMS Sheffield, además del portaaviones HMS Ark Royal.
1.900 marineros acompañarían a su barco a las profundidades.
El destructor británico HMS Cossack, en la búsqueda de supervivientes, se encontrarían, agarrado a algún resto del buque alemán, un gato negro con su debida placa al cuelo. Su nombre Oskar.
Pronto se convertiría en un miembro más de la tripulación.
Pero la leyenda negra (nunca mejor dicho) de Herr Oskar tendría un nuevo capítulo.
El viernes 23 de octubre, mientras escoltaba un convoy, el submarino alemán U563 disparaba contra la pequeña flota y alcanzaba al destructor, que tras un inútil intento de rescatarlo también se hundía.
Entre los que se salvaron (murieron unos 130 hombres tras el impacto del torpedo) se encontraba, ¡adivinen!, el gato Oskar.
En el bote salvavidas, junto a otros miembros de la tripulación del Cossack, no faltando el felino, sería izado al portaaviones Ark Royal, curiosamente el mismo que colaboraría al hundimiento de su antigua casa, el Bismarck.
El tópio de que los gatos negros dan mala suerte se ganaría otro punto más a su favor.
El 14 de noviembre, el submarino alemán U81 ‘tocaba de muerte’ con un acertado torpedo al portaaviones británico, que poco a poco escoraría hasta hundirse, vengando por tanto la pérdida del Bismarck.
En este caso la tripulación se salvó casi al completo y, como no podía ser de otra forma, la figura del Herr Oskar se encontraba entre ella.
Un gato con suerte, en resumen, y que moriría de viejo, y tranquilamente, en Irlanda.
Una suerte, todo hay que decirlo, que le quitaba a todos los que le rodeaban.






